Desde hace unos meses, por los asfaltados callejones de este ícono comercial de Av. San Martín y Donato Alvarez, no sólo circulan cientos de clientes habitués, curiosos y apasionados de productos inconseguibles en otros rincones de Buenos Aires: también "pasea" el rumor de venta y demolición de la entrañable feria, por la que alguna vez deambuló Luis Sandrini, las mellizas Legrand y Azucena Maisani.
Pero hoy, nada más lejos que de ese elegante y glorioso pasado. En el último tiempo, el rumor de un final anunciado presagió con fecha exacta el destino del Mercado Alvear. Matías (mercader del puesto de flores desde 1999) nos lo confesó a los cuatro vientos: "El 28 de febrero nos tenemos que ir, esa es la única certeza: el resto es puro misterio". Luego profundizó sobre la próxima vida de este lugar: "Hay muchas versiones: que van a hacer un Farmacity, una cochera, una mini torre de lujo, una especie "Saladita", que el Banco Galicia compró el terreno para venderlo a otros inversores y así miles de fábulas más. Es lo que pasa siempre con los patrimonios históricos: pasa en la Argentina y en todo el mundo".
Pero lamentablemente, esta vez, la codicia golpeó la puerta de La Paternal. En un futuro no muy lejano, ¿se imaginan ir al Alvear a comprar hisopos en vez de jazmines hermosos y brillantes? ¿O ir por una caja de pastillas para dormir en lugar de un abadejo bien fresco y ensoñado? ¿O pagar fortunas por una cochera mensual en vez de llevarnos la palta más rica? Y exagerando un poco, ¿tener un "rascacielo" vidriado en vez de acceder a una sabrosa tira de chinchulines "5 estrellas"? Mejor dejemos las penurias de lado y continuemos con el relato.
Otro de los desatinos que azota al Mercado Alvear no es sólo el rubro comercial que posiblemente vaya a adoptar: sí, en su próxima vida karmática puede volver en forma de "Saladita" (?). También es preocupante (¡por si faltaba algo!) el modus operandi de los actuales propietarios del espacio frente a su irrevocable destino. "Los dueños no aparecen, nunca dieron la cara: sólo vienen a cobrar el alquiler y se marchan… Así como yo, ninguno de los 12 puesteros sabe exactamente qué va a pasar después del 28 de febrero", resalta Matías (el histórico florista del Alvear). Segundos más tarde, éste nos ofreció otro inquietante veredicto: "Supuestamente lo que nosotros pagamos de alquiler no les sirve (en referencia a los nuevos capataces), por eso su deseo es que nos vayamos, que desalojemos el lugar de manera voluntaria y sin un peso en nuestros bolsillos. Pero si el problema es la rentabilidad del mercado, tampoco vinieron a decirnos: 'Muchachos', el precio del alquiler no alcanza, ¿les podemos aumentar? Nunca dieron la cara y ni siquiera una alternativa para que podamos seguir trabajando".
Del puesto de flores al local AVON
Tras la colorida e intensa conversación con Matías, nos dirigimos hacia el rincón de Donato Alvarez, donde nos aguardaba otro guerrero inquebrantable del mercado: Mauricio, "el solícito mercader que desde el 30 de abril de 1990 atiende religiosamente el puesto AVON: cosmética y artículos de limpieza". Al igual que el Florista, este marchante del mundo de la estética des-maquilló la verdad y puso a flor de piel la franqueza de un rumor ambulante y lapidario. "La fecha máxima que se dice es el 28 de febrero, pero acá no vino a conversar nadie… Yo hace 24 años que estoy y a los dueños ni les conozco la cara". Luego enfatizó: "Toda esa situación fue como un tubo de ensayo: ellos (en alusión a los propietarios) tiraron la proposición para esperar y observar cómo íbamos a reaccionar, pero nuestra postura fue siempre la misma: dar pelea hasta el último día. El Alvear no es sólo nuestra fuente de trabajo, es nuestra vida, lo es TODO".
Mientras Mauricio pronunciaba estas palabras con ahínco, el florista Matías y María Rosa (encargada del puesto de ropa) reflejaban en sus rostros la adhesión a semejante y colectiva convicción. El mercader del AVON continuó: "Nosotros ya consultamos con un abogado, pero estamos esperando que el primer movimiento lo hagan ellos. Si tienen alguna idea de lo que quieren hacer con el Mercado, nos encantaría que vengan a comunicarlo. Es lo lógico".
El reloj marcaba las 12 del mediodía. De pronto, era notorio el calor efusivo que descendía de las lonjas metálicas del techo. La conversación con Mauricio, escoltada por los otros dos puesteros, parecía evaporarse en el fulgor de cada segundo; pero a pesar del ardor providente, aún quedaba otra fracción de aliento para expulsar la última emboscada de esperanza: "Esto es un edificio histórico, patrimonio del barrio… de todo corazón deseo que al Mercado lo defiendan todos los vecinos, del primero hasta el último. Por eso, nuestro único arma es abrir la boca, que corra la noticia, que todo el mundo se entere y actúe; que comerciantes, ONG y organizaciones barriales sepan lo que está pasando con este lugar. Y quizá, en una de esas, alguien nos pueda dar una mano y hacer posible que ocurra el milagro: evitar la desaparición del Alvear. Porque más allá de nuestra fuente de trabajo, el mercado es de todos… pertenece a cada una de las personas que viene desde hace décadas… y para nosotros esa es la verdadera ganancia más que la plata que podamos a llegar a recibir", sentenció Mauricio.