Desde muy temprano, los vecinos se despertaron con una imagen poco habitual: camiones de filmación, técnicos con auriculares, vallas de seguridad y una tensión previa que solo se siente minutos antes de que se apague el semáforo de salida. Todos se preguntaban qué estaban grabando. Hasta que el rumor se filtró: venía Franco.
Y ahí cambió la pole position del día. La expectativa pasó de ser una curiosidad de vecinos a una fiebre de multitudes. Cerca de las 16 horas, la manzana se transformó en la calle Florida en sus mejores épocas: una marea humana empujando, buscando el mejor ángulo, la selfie perfecta, el autógrafo que vale más que cualquier trofeo.
Pit stop y corazón albiceleste
El operativo era digno de un gran premio. Cada vez que Franco se trasladaba de una locación a otra —del mítico Bar Yatasto a un móvil, del móvil a una esquina—, el público lo seguía como si fuera el coche de seguridad. Pero no había seguridad que contenga tanta pasión. Chicos de escuelas cercanas, padres y madres con nenes en brazos, vecinos de la cuadra que nunca imaginaron tener un paddock en la puerta de su casa, y hasta algún transeúnte ocasional que decidió frenar el reloj para ser parte de la historia.
Dentro del Yatasto, un lugar con olor a café con historia, se filmaba una publicidad para Mercado Libre. Y según se filtró entre los presentes —porque en La Paternal los secretos duran menos que una vuelta lanzada—, la producción incluyó a decenas de extras con la camiseta argentina. Todo hace pensar que el spot tiene aroma a Mundial, con Franco saliendo en el primer puesto, como debe ser.
Pasadas las cuatro de la tarde, el ruido aumentó varios decibeles. Una camioneta negra frenó en seco. Y ahí apareció él. Franco Colapinto bajó vestido con una camiseta manga larga de la Selección Argentina, y en la espalda, un número que no necesita presentación: la 10 de Diego Maradona. El barrio entero contuvo el aliento.
Minutos más tarde, ya sin la prenda albiceleste, el piloto oriundo de Pilar salió del bar Yatasto y, en lugar de esconderse tras un cordón de seguridad como suelen hacer las estrellas, hizo algo inesperado: se dirigió caminando hacia la zona donde la gente lo esperaba —muchos durante más de una hora— con la paciencia de quien espera el milagro en la última vuelta.
Y Franco no falló. Con la mejor onda, la misma que mostró en cada entrevista y en cada adelantamiento temerario en la F1, se acercó a saludar, a firmar una gorra, a posar para una foto robada con el celular tembloroso de un pibe. No importó si eran pocos los que lograron el autógrafo: la felicidad se multiplicó por cada persona que pudo verlo de cerca, aunque sea por un segundo.
La jornada tuvo una última vuelta de regalo. Ya casi al cierre de la filmación, un fanático quedó detenido en un semáforo. Al lado, el mismo vehículo que transportaba a Franco. El piloto de Alpine no dudó un instante: bajó el vidrio, sonrió y se retrató con él. Un gesto simple, de esos que no salen en los contratos publicitarios, pero que quedan grabados para siempre en la memoria del barrio.
Por qué todo esto tiene sentido: 23 años después, Argentina volvió a tener un representante en la F1
Para entender la locura colectiva que se vivió esa tarde en La Paternal, hay que poner el termómetro en contexto. Argentina pasó 23 años sin un piloto de Fórmula 1. Desde que se apagó el motor de Gastón Mazzacane, el país estuvo en boxes, mirando por TV cómo otros corrían. Hasta que apareció Franco Colapinto.
Con solo 21 años —nació el 27 de mayo de 2003 en Pilar—, este chico formado en la academia de pilotos de Williams ya demostró que está a la altura del desafío más grande del automovilismo mundial. Debutó con el FW46, reemplazando a Logan Sargeant, y no solo cumplió: emocionó. Porque Franco corre con el alma, pero también con el manual de la humedad argentina: pistero, sí, pero de trato sencillo, sin vueltas.
Su historia arrancó como la de muchos pibes de barrio, aunque con un diferencial de fábrica: a los tres años, según cuenta su madre, ya demostraba una "habilidad increíble para conducir". ¿El vehículo? Un triciclo de juguete. El combustible: la pasión heredada de su padre Aníbal, un corredor zonal de autos y motos que sembró en Franco la obsesión por los fierros. Ese mismo padre que después lo acompañó hasta Abu Dabi, viendo cómo su hijo cumplía el sueño que él alguna vez tuvo en las pistas de tierra.
Un barrio que no olvida
Cuando el sol comenzó a bajar sobre La Paternal, los camiones de filmación empezaron a desarmar el operativo. Las vallas se guardaron, los técnicos se fueron, y el silencio volvió a la manzana de Jonte, Espinosa, 12 de Octubre y San Martín.
Franco Colapinto giró por La Paternal, y no hizo falta ningún podio para que la gente lo ovacionara. Porque acá, a veces, una foto, una firma o una sonrisa bajada de una camioneta valen más que cualquier copa. Y él, sin hacer ruido de motor, se llevó el cariño más grande de todos: el de los vecinos.