Visitas:
21 de Octubre 2017
APORTES DE LOS INMIGRANTES: 1850 HASTA 1950
Conocimos el espacio "Margen del Mundo", ubicado en el límite entre Chacarita y La Paternal
Escribe: Lydia Schiuma - "Foro de Estudios Históricos de Villa Gral. Mitre". Prohibida su reproducción sin citar la fuente. Hecho el depósito que previene la ley 23.412
Copyright © 2013 nuestrobarrioweb.com.ar - Medio Digital Comuna 11 y 15 – Todos los Derechos Reservados

Si bien, desde la llegada de los españoles al país, vinieron viajeros de distintos nacionalidades y algunos se radicaron en el país, tanto en la época colonial (1580-1776), en la virreinal (1776-1810) y en la etapa posterior a 1810; fue después de la vigencia de la CONSTITUCIÓN NACIONAL de 1853 y especialmente luego del exterminio de algunos pueblos originarios y el arrinconamiento de otros de esos pueblos, en los lugares más inhóspitos y menos productivos del país, cuando los Gobiernos de la Nación decidieron traer a inmigrantes europeos, para contar con mano de obra barata y calificada.
Para esto realizó promesas, algunas que cumplió, como una educación excelente lo que consiguieron mediante la LEY 1420 de EDUCACION COMUN, (para todos), LAICA, GRATUITA Y OBLIGATORIA. Ley que también se ocupó que todos los alumnos, de cualquier situación económica se sintieran iguales, se integraran y fueran amigos. También prometieron la entrega de tierras, lo que pocas veces cumplieron.
Estos inmigrantes debían ingresar al país en forma legal, presentando: pasaporte y certificado de buena conducta emitido por el país de origen y certificado de buena salud otorgado por los médicos argentinos que los revisaban antes de permitirles el ingreso por cinco días al Hotel de Inmigrantes; lo que era gratuito y el único beneficio económico que recibían, no se les daba ningún tipo de ayuda ni subsidio.
Es emocionante leer en la investigación realizada por el arqueólogo Dr. Shavelson, en la que informa que sólo se encontraron en el terreno que ocupó el primer Hotel de Inmigrantes dos trozos de objetos de esa época, en la que pasaron millones de personas por el lugar.
Por muy pobres que fueran algunas pertenencias que traían, evidentemente eran muy cuidadosos, no se encontraron ni trozos de botones, ni de hebillas, ni de juguetes, ni de vajilla, no dejaron prácticamente huellas de su paso.
En dicho hotel convivían durante los cinco días de su estadía gratuita personas de todas las nacionalidades, algunas ya se habían conocido durante el viaje, que podía haber durado alrededor de dos meses; en esos viajes nacían frecuentemente amistades que a veces duraban toda la vida.
Generalmente del Hotel de Inmigrantes, tanto los que venían solos como los grupos familiares, iban a vivir a un conventillo. Eran casas que las familias muy acomodadas habían dejado en 1871 a raíz de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires y pasaron a ser convertidas en lugares de los que se obtenía dinero por alquiler.
Todos los inmigrantes venían conociendo un oficio o dos y sabían además organizar una huerta y una granja familiar.
A principios del siglo XX, el trabajo con menor remuneración era el de barrendero, ellos aceptaban ese oficio y, con su magro sueldo, pagaban un lugar donde dormir, una habitación compartida con otros hombres, aunque en vez de camas tuviera maromas, que eran sogas que iban de pared a pared de las que varios hombres se colgaban de las axilas y así parados dormían las horas por las que habían pagado, comían lo que podían, a veces sólo pan y cebolla, con tal de ahorrar para pagar el pasaje de su familia a Argentina.
Si había inmigrado toda la familia, todos dormían en una habitación del conventillo, en el que compartían cocina, baño y pileta de lavar la ropa con todas las otras familias, que generalmente eran muchas.
También compartían penas, problemas, alegrías y fiestas y originaron nuestro hermoso idioma RIOPLATENSE, mezcla de castellano, italiano, gallego, catalán, lenguas originarias, idish, árabe y otros.
Con el tiempo se fueron instalando en los barrios más humildes, donde crecieron sus hijos a los que les dieron la formación de excelentes seres humanos y la mejor instrucción posible.
No sólo fueron barrenderos, fueron albañiles, frentistas, panaderos, verduleros quinteros, médicos, arquitectos, etc.
Hoy al pasear por la ciudad encontramos su obra en todas partes, en las casas, los hospitales, los teatros y en las obras de arte.
La encontramos en el TEATRO COLON. Que fue proyectado por el Arq. Tamburini (1846-1891), a su muerte lo continuó el Arq. Meano (1860-1904) que fue asesinado antes de finalizarlo, lo que dio origen a la leyenda de existencia de fantasmas en el teatro. Hubo luego más muertes en el mismo y dicen que hasta la actualidad nadie del personal ni artístico ni técnico, ni administrativo, ni de mantenimiento se queda solo en el teatro, solamente permanece en el mismo en grupos.
El COLON fue terminado por el Arq. Belga Dormal (1846-1924) y abrió sus puertas el 25 de mayo de 1908, con la ópera Aída de Giuseppe Verdi, dirigida por Arturo Toscanini (autor y director italianos), siendo, según dice la Lic. Mondolo, todos los músicos de la orquesta de origen europeos hasta 1910 en que por concurso entró el primer violín de nacionalidad argentina pero hijo de inmigrantes. En Gleu encontramos los famosos frescos de la cúpula de la Iglesia de Santa Ana pintados por Raúl Soldi (1905-1994) quién en 1966 realizó la nueva cúpula del Teatro Colón, ya que la anterior estaba deteriorada, ambas obras fueron realizadas sin cobrar un solo centavo.
En Paseo Colón al 400 encontramos el monumento al Trabajo realizado por el escultor Rogelio Yrurtia.
En la Plaza los Andes, frente a la entrada principal del Cementerio de la Chacarita, se encuentra el grupo escultórico LOS ANDES realizado por el escultor Luis Perlotti en homenaje a los pueblos Andinos, quién también es autor del monumento a Alfonsina Storni que se encuentra en Mar del Plata. En Pujol al 600 está el museo Perlotti de escultura argentina en el predio en que se levantaba la casa del escultor, que donó para ese fin.
En 1946 Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Manuel Colmeiro Guimarás, Demetrio Urruchúa y Lino Enéas Spilimbergo realizaron los murales que adornan la cúpula de las Galerías Pacífico en la calle Florida al 700, lugares interesantes de conocer.
Todas los autores mencionados o fueron inmigrantes o sus descendientes y hay muchos más, plásticos, músicos, compositores, escritores, médicos, ingenieros, profesores que realizaron una obra importante para el país, la provincia, la capital y el barrio.
Si recorremos la Vuelta de Rocha, nos encontramos con un barrio que en sus orígenes fue habitado por inmigrantes, en su gran mayoría genoveses.
Construyeron sus casas con chapas, por dentro las revistieron con madera, para resguardarse de los rigores climáticos, esto producía frecuentes incendios, eso fue lo que originó la necesidad de la creación de la institución de Bomberos Voluntarios de la Boca.
Como eran muy escasos sus recursos económicos recorrieron a astilleros y barcos en reparación solicitándoles la pintura que les sobraba.
Así, poco a poco fueron dando color a sus casas, con lo que iban consiguiendo: un poco de amarillo, otro con azul, algo de celeste, también rojo, lo que hizo al barrio de la Boca, totalmente único.
Su calle Caminito es realmente una galería de arte a cielo abierto, el monumento en homenaje a los Bomberos Voluntarios, otras esculturas y los artistas plásticos que exponen sus obras junto a los artesanos, así lo lograron.
No muy lejos de allí, está ubicado el Parque Lezama, el predio perteneció a un señor inglés que se casó con una caribeña y fue tan discriminado en su país que vino a refugiarse con su esposa en Buenos Aires.
Las barrancas daban al Río de la Plata, hoy Av. Paseo Colón, ya que esas tierras igual que las que hoy forman la Reserva Natural de Costanera Sur fueron ganadas al río en distintas épocas del siglo XX.
Los otros límites del Parque Lezama son la calle Brasil y las Av. Regimiento de los Patricios y Martín García.
En la esquina sudoeste está el Monumento a los Fundadores de la ciudad de Buenos Aires, erigido en ese lugar debido a que algunos historiadores suponen que allí la fundó don Pedro de Mendoza.
Cercano a la Av. Paseo Colón, está el monumento que la ciudad de Montevideo regaló a la Ciudad de Buenos Aires.
Frente al parque, la Iglesia Ortodoxa Rusa, única en su estilo en América del Sur, construida por la comunidad que profesa esa fe.
Dentro del parque el Museo Histórico Nacional, obra importantísima organizada y conservada por ciudadanos que realizaron y realizan su trabajo en forma constante y anónima.
Podríamos describir barrio por barrio de la ciudad, y encontraríamos en todos ellos aportes a su cultura, realizados por la corriente de inmigrantes llegados entre 1850 y 1950 y sus descendientes.
Sólo vamos a acercarnos al nuestro y nos detenemos en “Plaza Flores”, como la llaman los vecinos en homenaje a Ramón Francisco Flores, quien asesorado por Antonio Millán decidió fundar el Pueblo de San José de Flores, en una de sus propiedades y para eso donó una manzana para paradas de carretas (actual plaza), una para el municipio y escuela y una para iglesia y cementerio. Oficialmente la plaza se llama Gral. Juan Martín de Pueyrredón.
Tiene un bellísimo mástil con bajorrelieves de Luis Perlotti, un monumento en homenaje a quien da el nombre oficial al lugar, además de tres esculturas: “Las tres gracias”, “Contraviento” y “Canción”, varias placas y un retoño del árbol de la quinta del Gral. Pueyrredón bajo el cual conversó con el Gral. San Martín.
La estación Flores del tren Sarmiento está adornada con muchos y bellos murales.
En Av. Rivadavia al 6700, acera sur se encuentra la galería “San José de Flores” en su cúpula los plásticos: Castagnino, Spilimbergo, Benjuya, Policastro y otros realizaron un mural, con características y personajes de la historia de la zona. Los apellidos nos indican el origen de los autores y la obra, el amor que sentían por la ciudad y el barrio.
Nota: La Junta de Estudios Históricos del Barrio de Flores fue la primera de las fundadas en la ciudad.