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5 de enero 2014
8 DE ENERO - HOMENAJE A 86 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO
Baldosas rojas… Dr. Juan B. Justo, más que una avenida

Escribe: Lydia Schiuma

 

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En 1829 llegan a Bs. As dos hermanos inmigrantes italianos, Francisco Domingo Giusto y Agustín Pedro Giusto; al llegar al país su apellido se transformará en Justo. Francisco Domingo tendrá entre sus numerosos nietos a Juan Bautista Justo y su hermano Agustín Pedro Justo será el abuelo del Pte. Agustín P. Justo.

Buenos Aires fue durante todo el siglo XIX una ciudad inundable, algunas de sus calles, los famosos “terceros”, en días de lluvia y tempestad se convertían en el camino obligado de las “aguas servidas” y de lluvia, desechos y toda clase de detritus iban por ellos hacia el Río de la Plata.
Carecía de agua potable, las calles pavimentadas eran pocas, no había desagües y las aguas de lluvia estancadas se contaminaban; a esto se sumaba la falta de higiene en las fábricas, las agotadoras jornadas de trabajo que llegaban a dieciséis y dieciocho horas y el hacinamiento en precarias viviendas.
Era Buenos Aires una ciudad infecciosa e infectante. Por aquellos años más de la mitad de las muertes eran provocadas por enfermedades infecto-contagiosas.
Las cifras comparativas entre los años 1872 y 1906 indican que las causas de muerte fueron:

Fiebre tifoidea                      2.730               7.571
Viruela                                8.367               16.121
Meningitis simple                 6.914               24.097 Tétanos                              6.900               10.799
Tuberculosis                      13.497             44.126

Esto podría atribuirse al crecimiento de la población, pero no es así porque el índice de mortalidad creció el 300%, se suma al empeoramiento de las condiciones de vida (recordemos que mujeres y niños también trabajaban en tareas rudas).
Es en esta ciudad y en medio de los acontecimientos de la Guerra de la Triple Alianza, contra Paraguay, que nace Juan B. Justo en 1865 en el barrio de San Telmo; muy cerca de su casa se encontraban muchos conventillos. En esta ciudad Justo cursa su escuela primaria, luego realiza sus estudios secundarios en el Nacional Buenos Aires e ingresa a la Escuela de Medicina de de la Universidad de Buenos Aires.
Esto explica la pasión higienista que se apodera del joven estudiante. En sus prácticas en la Facultad de Medicina y en el Hospital de Clínicas observa que en las operaciones quirúrgicas era muy alto el nivel de muertes por gangrena, septicemia purulencia y otras endemias que incidían en el nivel de mortalidad general también.
Así comienza la búsqueda de un método que redujese primero y suprimiese después el alto índice de mortalidad en determinadas operaciones quirúrgicas.
Mientras cursa sus estudios de medicina publica en los Anales del Círculo Médico, “Acción del jeguinity”, designado por concurso practicante del Servicio de Cirugía del Hospital de Clínicas publica: un caso de epitelioma del pene, sobre la isquemia artificial de Esmarch, un caso raro de luxación, ligadura de la subclavia, ligadura de la ilíaca externa, resección por pseudo artrosis, litolapaxia en un niño, etc.
En 1886, cuando cursaba 4° año de Medicina, se trasladó a Tucumán con una delegación de médicos para prestar ayuda a la grave emergencia que representó para esa provincia una epidemia de cólera que arrojó un saldo de miles de muertos.
Egresó de la Escuela de medicina el 11 de septiembre de 1888, su tesis sobre “Aneurismas arteriales quirúrgicos” le vale la “Medalla de Oro”.
Poco después su tío le prestó dinero para que viaje a Europa a perfeccionarse. En Berna estudia con el Dr. Billroth, del que dice: “usa los más diversos antisépticos”… “en el lavatorio hay toda una ordenanza sobre desinfección de las manos antes de operar y cambiar vendajes”.
En París estudia con Pasteur, describe Justo “la salita que tiene Terrillón: es una pieza pequeña de piso impermeable, de paredes fáciles de limpiar, la mesa casi toda de metal, está reducida a proporciones mínimas. Todos los aparatos necesarios para esterilizar por el calor, los instrumentos y el material de curación están allí, un autoclave, una estufa de desinfección por el calor seco, un calentador a gas en el que se hace hervir agua en un instante. Y termina: la cirugía moderna está caracterizada por el papel que desempeña la antisepsia. Los cirujanos persiguen los agentes de infección de una manera inexorable”.
En Viena estudió con Semmelweis. Regresa Juan B. Justo al país. Todos los libros escritos sobre él mencionan que “introdujo la asepsia”, dicho así parece algo tan fácil pero no lo fue. Plantea al director del viejo Hospital de Clínicas las novedades que quiere introducir, pero el director no las acepta. Justo entonces, de su propio dinero, armó una sala de operaciones en una carpa totalmente esterilizada y con todas las medidas que imponía en ese momento la cirugía en Europa. Comenzó a realizar la operación y cuando ya estaba por suturar le avisaron que el director del Hospital pretendía entrar y observar. Justo deja a sus colaboradores que suturen y él sale a impedir el ingreso del director que no había tomado ninguna medida de higiene y debió recurrir a las trompadas para que no entre, lo que hubiera estropeado todo el esfuerzo realizado. Así fue la primera operación aséptica en el país.
Lo que siguió tampoco fue fácil. Por esa época cada cama de hospital tenía una esponjita con la que los familiares de los enfermos los refrescaban amorosamente, especialmente cuando tenían fiebre. Pero esa esponjita quedaba siempre junto a la cama y cuando un paciente se iba o moría seguía sirviendo para refrescar al paciente siguiente, por lo que la esponjita servía para refrescar al enfermo mientras le transmitía microbios, infecciones, etc. Muchas fueron las costumbres y reglas que hubo que modificar.
En 1889 Juan B. Justo gana por concurso el cargo de Profesor Suplente en la Escuela de Medicina de la UBA. Desde su cátedra instruía a sus alumnos sobre las normas de higiene que debían cumplirse en los enfermos, en los ayudantes, en los espectadores, en sí mismos, sin miramientos ni consideración de ninguna especie. El cirujano debería dar una fuerte reprimenda al que le alcanzara un instrumento sin estar encargado de hacerlo.
En el lavatorio del Hospital San Roque (hoy, Hospital Ramos Mejía) colocó un texto idéntico al de la sala del Dr. Billroth en Viena.
A un practicante que se desempeñaba en su servicio lo sorprendió en instantes en que, sin lavarse previamente las manos y tras remangarse apenas los puños de su camisa, se disponía a intervenir en un paciente a punto de ser operado. La versión oral corrió como un reguero de pólvora por todo el Hospital y el mundillo médico dijo que la reprimenda fue terrible. El desaprensivo practicante se insolentó y pretendió, nuevamente, contrariar la norma aséptica, implantada por el Dr. Justo, quien le contestó: “si usted insiste en poner manos sobre el cuerpo de este hombre, lo denunciaré al juez de instrucción”. Sólo así renació la calma.
No fue este el único episodio de esta índole registrado en 1889. La “cosa” siguió incluyendo a algunos médicos y jefes de sala durante 1890, pero al año siguiente el método aséptico gozó de general aceptación según lo consignó el Dr. José Arce en su libro “Historia de la Cirugía Argentina” y la mayoría de las tesis de ese año incluyeron referencia y datos sobre el método aséptico implantado por Justo.
Muchos practicantes trataban de no tener como profesor a Juan B. Justo. Cuenta uno de sus alumnos: “en una lucha implacable sin cuartel, para implantar en el hospital la práctica de la nueva cirugía aséptica el Dr. Justo, había creado la reputación de ser un hombre violento casi intolerable. En aquel medio hostil, yo me puse a su lado y me bastaron apenas unas pocas semanas para comprobar que gracias a las uñas cortas y manos muy bien lavadas, al empleo de instrumentos, compresas y gasas esterilizadas en agua hirviendo, el joven cirujano ahuyentaba por completo las infecciones y abordaba con éxito las más difíciles operaciones en el cráneo, el tórax, el abdomen y los huesos largos salvando cientos de vidas”. El alumno que decía esto se llamaba Nicolás Repetto.
Justo además fue el primero en el mundo que realizó la resección osteoplástica de la bóveda craneana, introdujo el éter como anestesia y también la anestesia local, entre otras cosas.
Por lo que consideramos que merece realmente que lleve su nombre la avenida que atraviesa la ciudad sobre el Arroyo Maldonado y que se cumpla la ordenanza municipal que establece que las veredas de la misma sean de color rojo en su homenaje. Esas baldosas dieron, durante muchos años, identidad a la avenida y a los barrios que corta. Por ignorancia o desidia fueron reemplazadas por otras de cualquier color, esperamos que vuelvan a ser rojas.
Juan B. Justo también creó el Partido Socialista (para que sus pacientes reciban sueldos justos), el Hogar Obrero (para que tengan una vivienda higiénica), pero su obra como médico es más que suficiente para que lo recordemos sin banderías políticas.

Bibliografía: “Juan B. Justo fundador de la Argentina Moderna”, “Juan B. Justo” (de Javier Franze), “Breve Reseña Histórica de la Empresa desde su creación hasta la Declaración de Liquidación”.